La inteligencia es antipática. No sólo por la injusticia de que viene por nacimiento (alguien condenado a ser “tonto” para toda la vida), como por la superioridad y arrogancia de quien llama “bruto” a otro. Pero también, cuando se piensa en los “genios” viene la revancha de los desequilibrios personales: con una sonrisa nos imaginamos al “nerd” torpe en la vida cotidiana, al inteligente idiota, como en la novela de Dostoyevski: un campeón de ajedrez puede ser estúpido en todos los demás campos de la vida.
“Inteligencia es lo que mide el cociente de inteligencia (IQ)” repetíamos irónicamente los estudiantes en épocas lejanas. ¿Por qué la música, las bellas artes, la capacidad de ser feliz no se consideran parte de la inteligencia humana (y del cociente de inteligencia)? preguntaba a mis profesores con insistencia. Veinte años después, merced a esos mismos impertinentes de mi generación, la inteligencia se multiplicó: la teoría de las siete inteligencias, el descubrimiento e impacto de la inteligencia emocional, social, intercultural… Y en ese momento se mezclaron los dos elementos de la psicología que siempre se habían estudiado por separado: inteligencia y personalidad. La “inteligencia emocional” se refería en gran parte a características de personalidad. Así como en el tema de la primera campaña presidencial de Clinton (“Es la economía, estúpido”) los estudiosos parecían decirnos: “Es la personalidad, estúpido”.
¿Qué es inteligencia? Aunque mucho se ha avanzado y desarrollado sobre este concepto en las últimas décadas, se afirma que la inteligencia es habilidad mental, la capacidad de trabajar con conceptos abstractos para así resolver problemas que no son fáciles para la mayoría de la gente. En el concepto clásico del cociente de inteligencia (IQ en inglés) los dos componentes esenciales han sido la capacidad “matemática” y la “verbal”: el razonamiento abstracto cuantitativo para llegar a conclusiones lógicas, y la habilidad mental del trabajo con palabras y conceptos que permiten entender los temas. Igual que en las otras inteligencias, se trata de comprender, predecir y resolver problemas o situaciones. Un músico entiende las estructuras subyacentes (como armonía y ritmo), la lógica implícita interna que le permite trabajar eficaz y casi intuitivamente sobre la música. Los demás no entendemos, somos “negados” (brutos), carecemos de “inteligencia” musical (¡por mucho que estudiemos!).
Hace un siglo en las rudimentarias escuelas de comercio estudiaban los “tontos” de las familias pudientes, los que no podían ser médicos o ingenieros (otros “no podían” por falta de medios económicos para estudiar una carrera larga, no por falta de luces). Hoy las modernas escuelas de comercio reciben a los mejores estudiantes. ¿Cuáles son las habilidades mentales que se necesitan para el trabajo administrativo y gerencial? ¿Son diferentes de los otros factores de inteligencia? ¿Son parte de la personalidad o, a la inversa, la personalidad es parte de la inteligencia? Las conclusiones son bastante claras: la inteligencia predice el mejor desempeño en el trabajo, aún si se trata de trabajos que no requieren ningún aprendizaje técnico. Si usted quiere escoger a un buen trabajador, en cualquier trabajo, busque a los inteligentes (Schmidt & Hunter, 1981, 1998).
Una solución a la antipatía es diferenciar entre “ser” y “estar”, como cuando alguien tiene la suficiente inteligencia para declarar: “hice una tontería”. Al declararse bobo temporal, un segundo de estupidez no lo hace completamente idiota; todos somos, a veces, tontos. La gente no “es”, la gente “está”, sería una máxima de gran sabiduría en todos los campos de la vida. Esto último, ser “sabio”, es una dimensión descuidada por la psicología, que hace otro puente entre la inteligencia y la personalidad, fundado en una bien asimilada experiencia de la vida.
*Adaptación revistasumma.com, el texto completo se encuentra en la revista impresa
La inteligencia es antipática. No sólo por la injusticia de que viene por nacimiento