En 1935 un salvadoreño ideó un queso que resistía a la falta de refrigeración, pese a su manufactura primitiva. Hoy, Petacones es la marca que ha vencido el paso de los años.
Luis Torres se percató de que la venta de lácteos era difícil. Las refrigeradoras eran un electrodoméstico suntuoso para la época; en los hogares compraban alimentos que expirasen ese mismo día o que pudiesen resistir a la falta de refrigeración. El queso tenía que comerse fresco, su vida útil duraba dos días cuanto mucho y no había garantías sanitarias.
Corría 1935, y el hombre, oriundo de Morazán, se estrenaba como ganadero. Era dueño de una hacienda, ubicada al oriente del país, en Sesori, a más de 170 kilómetros de la capital, cuando comenzó a buscar la fórmula para un queso que resistiera los embates del tiempo. La observación y el análisis, lo llevaron, como a todo científico, a descubrir que el yerro estaba en la forma de utilizar las prensas para la fabricación del producto, pues no daban la presión adecuada para extraer el exceso de suero. Los quesos amasados eran puestos bajo un tablón sobre el cual se colocaba una gran piedra. La mejora fue sencilla; don Luis (o papá Luis, como lo llaman sus nietos) diseñó un sistema de cuñas que provocaban una presión diaria y gradual sobre las tablas en las que descansaban las cuajadas. De esta forma, logró un producto cremoso que duraba todo el verano; un reto entonces inalcanzable para los demás queseros. A este producto le agregó achiote para colorearlo y lo bautizó con el nombre de su hacienda: Petacones.
Había descubierto la fórmula, ahora faltaba darlo a conocer. Un pequeño contingente formado por Rosa, su esposa, y sus hijos ―Fidel, Luis, Julio, Abelardo, Gilberto, Eva, Ricardo, Martha y Esther― comenzó a venderlo. La estrategia fue ir casa por casa, a caballo y en mula, para luego expandirse hacia los pueblos aledaños. Los mercados de mayoreo en Jucuapa, Berlín, Estanzuelas y el mismo Sesori ―ahora municipios―, fueron sus puntos de venta. La aceptación del queso semiduro ―cremoso, ligeramente ácido y de color anaranjado― fue tan rápida, que las vacas de Luis Torres dejaron de suplir la demanda. Entonces, comenzó a comprar leche a otros ganaderos y a visualizar nuevos mercados. La quesería dejó de ser artesanal: hoy ofrece 35 productos lácteos (con ventas de 1.540.539 de kilos anuales), emplea a 210 personas y compra leche a sesenta granjas en los 21.000 kilómetros cuadrados que tiene el país.
Cinco años después del descubrimiento, la familia Torres se mudó a la capital. Abrieron su primera tienda en el céntrico Barrio Modelo mientras que la producción seguía en la hacienda Petacones. Paralelo a esto, don Luis comenzó a trabajar como encargado de bodegas del Banco Hipotecario (el único que aún es de capital salvadoreño), donde se hizo famoso por el queso que allí vendía. Luego vino el golpe de suerte: el banco había comprado una fábrica de quesos que sólo generaba pérdidas y entonces, el administrador bancario, Rafael Meza, vio en don Luis una tabla de salvación; le vendió la propiedad ubicada en el cantón Santa Cruz Porrillo, en San Vicente. Su hermano Manuel Torres se convirtió en el primer gerente de producción. Así, para la década de los 60, el queso comenzó a exportarse a Honduras y Guatemala. Y a finales de los 60 y principios de los 70, a Estados Unidos y Canadá. Ahora la marca Petacones ha cruzado el Pacífico para llegar hasta Australia.
Ese golpe de suerte daría un giro brusco de timón en la década de los 80. Uno que don Luis ya no vería. Al fallecer, en 1979, el negocio fue heredado a sus hijas Martha y Eva. Dos de los hijos de don Luis se habían dedicado a la vida militar; otros habían hecho carrera en la fábrica de zapatos ADOC y en Industrias La Constancia, entre otras.*Adaptación revistasumma.com, el texto completo se encuentra en la revista impresa




