Hace 88 años, dos mujeres iniciaron un negocio familiar de dulces, ahora considerados típicos en El Salvador.
Sus dedos se mueven con agilidad. Moldean la ruedita de masa, y en cuestión de segundos, la convierten en una tartarita de leche burra. Esa que llegará a la vitrina de la sala de ventas. Así elaboran uno a uno los dulces que comenzaron a vender el 7 de enero de 1920. Desde esa fecha, la fábrica de confites, que años después sería también la primera sala de ventas, está ubicada en Santa Tecla, cuenta Julia Morán de Abrego, una de las herederas del longevo negocio familiar.
El génesis de Dulces Albanés data de 1875 y se remonta a tierras santanecas. En ese entonces Juana Zavaleta de Vides enseñaba a hacer dulces, repostería y cocina. Jesús Pérez Albanés fue una de sus alumnas, quien luego enseñó este arte a Rosa Bertila, su pequeña hija de diez años, quien aprendió todos los secretos: las mezclas, la escogitación y maduración de las frutas y el diseño de estos. Las mejores golosinas se regalaban en los banquetes que entonces se realizaban en el casino de Santa Ana. En esa época, esa era la forma de darse a conocer y hacer su “publicity”.
Cuando Rosa creció, su madre decidió que era hora de buscar nuevos horizontes y dejar de regalar el trabajo. Así, en 1919, decidió mudarse y probar suerte en Santa Tecla. Para ello se trasladaron a una vivienda con un amplio patio, el que se convertiría en la casa matriz. Ahí, construyeron las cocinas de cemento que servirían para cocer las mezclas en grandes ollas de cobre.
La falta de experiencia en las ventas y el desconocimiento del mercado, hicieron que madre e hija dejaran los confites en la tienda El Carmen. La más grande en ese entonces, y que surtía a los residentes de ese municipio. Diez y siete años después, la dueña de la tienda pidió a las Albanés que comercializaran los dulces por cuenta propia. Así abrieron su propia sala de ventas, en donde sigue operando la casa matriz, sin imaginarse que para 2005 inaugurarían dos sucursales adicionales en la Colonia Escalón y en la Colonia la Sultana, en San Salvador.*Adaptación revistasumma.com, el texto completo se encuentra en la revista impresa


